La gran Mentira de Bailar!

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La gran mentira de bailar

¿Qué es en realidad bailar?

Hace días que vengo preguntándome esto.

¿Qué es en verdad bailar?
No hablo de qué parece que es.

O de qué se cree que es, o qué dicen que debería ser.

¿Qué es bailar en su sustancia más pura, sin aditivos ni exigencias?

La definición del diccionario más sencilla dice que bailar es:

moverse rítmicamente al compás de la música.

Pero esa frase tan simple tiene un poder enorme. Dice mucho.
Y al mismo tiempo, no dice todo eso que la gente suele agregarle encima, como capas de pintura que ya no dejan ver el color original de la pared.

Porque para bailar, según esa definición:

  • No se necesita que la música salga de un parlante.

  • No se necesita que todos escuchen esa música.

  • No se necesita ser observado, validado ni aprobado.

  • No se dice que hay que hacerlo bien.

  • No se dice cómo es hacerlo bien.

  • Es más hay que preguntarnos ,..¿Bien según quién? ¿Para qué? ¿Bajo que estándares?

  • Tampoco dice qué es bailar mal.

Bailar es…

  • Moverse con la música y listo.

El tema es que bailar nos lleva a un encuentro con nosotros mismos y eso que pensamos de nosotros mismos y la justificación de cómo nos auto describimos.

Ese desafío y alegría de aceptarnos a nosotros mismos, y a nuestro propio cuerpo tal como somos.


Nos permite regalarnos ese gesto de aprobación propia que necesitamos para estar bien y en armonía con quien nos toca SER.


Y esto es fuertísimo, por que el baile nos conecta directamente con quien estamos siendo en ese preciso momento al bailar, e incluso nos puede modificar. Es un encuentro directo con las miles de opiniones propias que habitan en nuestro interior y que tantas veces o en muchos casos no deseamos aceptar.

Lo mas impactante es que bailar también es un derecho como opinar, y es un altísimo beneficio.

Bailar hace mucho bien.

Bailar hace bien a nivel personal y colectivo.

Por que:

bailar te hace reír.

Te hace conectar con tu lado divertido, expresivo, reflexivo y creativo.

Bailar es parte del desarrollo personal.

Bailar genera un cambio tan positivo en el SER que:

Todos los padres deberían bailar con sus hijos.

Y, todos los hijos deberían bailar con sus padres.

y esto debería ser algo tan natural y cotidiano que el baile debería ser aceptado como parte necesaria del desarrollo del ser y reconocido desde nuestros inicios como una capacidad natural e intrínseca al ser humano.

Porque así como todos nacimos con la capacidad de hablar, cantar, pensar, escribir y movernos todos podemos bailar.

Bailar es un derecho propio del movimiento.

Pero si bailar es algo tan natural, tan lindo, y tan sano en todos los sentidos,..

?Por qué la gente no baila tanto, o tiene tanta vergüenza de bailar?

¿Por qué confundimos tanto?

Porque hay una confusión instalada: se cree que bailar bien es copiar un modelo validado por los observadores y que ese es el único modo de bailar.


Y esa idea se reproduce, se repite, se impone...
hasta que muchas personas terminan no bailando.


No porque no puedan. No porque no quieran.
Sino porque tienen miedo a hacerlo mal.


Miedo a ser juzgados.

Miedo a no parecerse a lo que ven en un escenario.
Miedo a no “dar la talla”.

pero,..

¿Quién dijo que había una talla?

El problema del juicio

En el tango, esto se siente muchísimo.


La mirada del otro pesa.
El juicio ajeno sobre cómo se baila es tan fuerte,

tan comentado en voz alta,

tan sostenido,
que a veces parece que se baila para no ser criticado y para ser validado por la mirada exterior
en lugar de bailar para disfrutar.

Y el juicio más común,

ese que se pronuncia como una verdad universal,

que no lo es y ni siquiera se parece a la verdad,

es algo que debería guardarse en el interior,

y no ser expresado por que es algo de simple gusto personal:
“Me gusta”,

“No me gusta”,

“Qué feo que baila”,

“No tiene estilo”,

“No siente la música”

"Eso no es tango"…

Juicios íntimos y puramente personales que, cuando se dicen o se sostienen en la mente,
dividen, excluyen, enfrían y alejan.

¿Qué pasaría si reemplazáramos ese juicio por una mirada más generosa?

En vez de “no me gusta cómo baila”, decirnos:
“Mira lo que logra con su cuerpo, con su historia, con su manera.”


“Admiro su búsqueda, su expresión, su alegría.”


“Celebro que se anime, que se permita, que disfrute.”

¿Te imaginas un mundo del tango así?

Y si el juicio es sobre mí…

Cuando el juicio es hacia uno mismo, también podemos transformarlo.

No es lo mismo decirnos:
“Soy un desastre, no sirvo para esto”,

que decir:
“Quiero lograr mejorar esto”,
“Me gustaría alcanzar aquel movimiento”,
“Me voy a relajar y disfrutar más de esto que estoy haciendo”.

En el segundo caso, estamos hablando de un propósito personal,
una meta propia, razonable, posible.
No una condena.

Un camino.

Cada cuerpo es una identidad.

Y tu cuerpo tiene una identidad única.


Una arquitectura, una historia, una memoria.


Bailas desde eso, no desde un molde externo.

Bailar es descubrir quién sos en movimiento,
y desde ahí aceptarte, desafiarte, expresarte, y disfrutar.

Como impacta esto en la milonga y las clases?

Un espacio más amable

Imagina una pista donde quienes están bailando
son celebrados por estar ahí.


Donde cada nuevo bailarín o bailarina es recibido con alegría,
no con juicio.


Donde se celebra que alguien se haya animado,
y donde todos entienden que esa persona tiene algo único que aportar,

aunque no se parezca a nadie más.

No se trata de ser mas inclusivos, como si fuera un deber.

Se trata de ser más humanos, con valores verdaderos, más reales, más inspiradores, con mas amor.

¿Y si los maestros enseñaran con esta mirada?

Si entendemos que bailar no es un acto que debe ser validado por estándares externos, sino una expresión personal legítima, espontánea y valiosa en sí misma, entonces la enseñanza del tango también debe cambiar.

¿Cómo impacta esta visión en la pedagogía del tango?

1. El maestro deja de corregir para empezar a acompañar

Cuando se enseña desde la idea de “bailar bien” como meta cerrada, el maestro se vuelve juez.
Pero si se parte del respeto por la identidad del que baila, el maestro se vuelve guía, facilitador, acompañante del descubrimiento personal.

El foco ya no está en “arreglar” al alumno, sino en ayudarlo a descubrir y desarrollar lo que ya tiene dentro.

2. Se enseña a escuchar el cuerpo antes que a imitar movimientos

Esta mirada invita a los maestros a promover el autoescucha corporal, la conciencia de lo que se siente, se desea y se puede, antes de imponer patrones externos o estéticos.

No se parte de una forma ideal a la que el alumno debe adaptarse, sino del cuerpo real y posible del alumno como punto de partida.
Esto genera aprendizajes más sostenibles, seguros, y amorosos.

3. Se deja de usar el juicio como herramienta pedagógica

Muchos métodos de enseñanza tradicionales están atravesados por el juicio: lo que está “mal”, lo que “no se hace”, lo que “queda feo”, lo que “no se ve profesional”.

Una enseñanza basada en el respeto a la expresión personal reemplaza el juicio por la observación, por preguntas que invitan a reflexionar, por herramientas que permiten explorar sin miedo al error.

En lugar de corregir con vergüenza, se propone mirar con curiosidad.

4. El objetivo ya no es parecerse, sino encontrarse

Esta pedagogía no busca clones, ni “bailarines modelo”, ni discípulos obedientes.
Busca personas que puedan habitar el tango desde su ser.
Desde su historia corporal, emocional, creativa.

El alumno no es un “incompleto” que debe ser moldeado.
Es un bailarín en potencia que necesita un contexto seguro, creativo y amoroso donde pueda reconocerse y afirmarse.

5. El aula se vuelve un lugar de inclusión, no de selección

Cuando los maestros enseñan desde este enfoque, el aula ya no selecciona, no excluye, no compara.
No hay nivel “básico” que valga menos ni nivel “avanzado” que defina quién merece bailar.

Todos los cuerpos valen.
Todos los caminos valen.
Todos los bailes son legítimos si nacen del deseo genuino de moverse con otro.

6. El tango recupera su función original: encuentro y comunicación

Este enfoque devuelve al tango su espíritu más vital: la posibilidad de comunicarse sin palabras, de compartir un tiempo y un espacio con otro ser humano, de jugar, de sentir, de crear.

El maestro deja de enseñar “pasos” para enseñar formas de estar con uno mismo y con los demás.

Entonces,

¿Qué clase de maestro queremos ser?

¿Uno que corrige cuerpos para que se adapten a un molde?
¿O uno que ayuda a cada cuerpo a expresarse con autenticidad?

¿Uno que repite fórmulas?
¿O uno que siembra libertad?

¿Uno que juzga desde el gusto personal o estilismos?
¿O uno que enseña a mirar con admiración?

Porque bailar es un derecho, una capacidad natural, una alegría del alma.
Y enseñar a bailar debería ser ayudar a liberar esa capacidad, no a condicionarla.

Desde esta mirada, el maestro deja de ser quien transmite una forma correcta de bailar, y se convierte en un creador de contextos donde el otro pueda ser él mismo.

Ese es el mayor acto pedagógico.
Y también, el más humano.

Conclusión

Bailar es una forma de estar en el mundo.
Es una decisión íntima y libre.
Es un acto de vida.

No necesitas técnica para empezar.
No necesitas permiso ni aprobación.

Solo necesitas algo muy tuyo:
Ganas de moverte con sentido.

Porque bailar no es para los mejores.
Es para los que se animan.

Todos los contenidos de esta publicación están protegidos por la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual.

Obra registrada en la Dirección Nacional del Derecho de Autor.
Queda prohibida su reproducción total o parcial sin autorización expresa de los autores.

Pablo Gutiérrez y Celia Villarreal

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